Nuestro viaje por la Costa Este de Estados Unidos, el primero transoceánico con nuestra bebé, llegaba a su fin. Las últimas horas en Nueva York la dedicaríamos a conocer Harlem y a disfrutar de una misa góspel un poco fuera de lo común y es que seríamos los único turistas que estaríamos en la pequeña iglesia en la que nos colamos.

Si pensábamos que tras la pesadilla en la carretera y el incidente con la reserva del coche de alquiler en Washington se habían acabado nuestros problemas con el vehículo, estábamos totalmente equivocados. Nos levantamos pronto porque teníamos que dejar el coche en la oficina de Hertz en Battery, en Manhattan a las 10.00 horas como muy tarde. Aunque desde nuestro hotel en Brooklyn hasta la oficina, la vez anterior que fuimos con el taxi tardamos solo 15 minutos, decidimos salir una hora antes por si encontrábamos algún problema.

Pensamos que al ser domingo, el tráfico sería tranquilo, y efectivamente, no había apenas coches por las calles. Todo fue bien, siguiendo las indicaciones del GPS, hasta que estábamos llegando a la zona del 11-S, que nos encontramos con que no podíamos acceder a la oficina de Hertz porque todas las calles aledañas estaban cortadas al tráfico. Por más vueltas que dábamos, no encontrábamos la manera de llegar y no sabíamos por qué estaba todo cortado. Finalmente preguntamos a un policía y nos contó que estaba cortado por una maratón y que hasta al menos las 13.00 horas no podríamos acceder.

¡No podía ser! Teníamos que entregar el coche antes de las 10.00 horas y peligrósamente se iba acercando esa hora. El policía nos dijo que no nos preocupáramos que la oficina no nos diría nada por entregar el coche más tarde porque estaba cerrada. ¿Por qué no nos avisaron cuando cogimos el coche en Washington que ese día iba a estar cerrada al público durante la mañana?

Harlem

Harlem

Comenzamos a tener un enfado descomunal porque, por un lado, temíamos que le echaran morro y nos cobraran más si esperábamos a que se volviera a abrir al tráfico la zona, y por otro, nos fastidiaba enormemente perder nuestras últimas horas en Nueva York sin saber muy bien qué hacer con el coche. Finalmente decidimos buscar una red wifi para ver dónde había otra oficina Hertz y vimos que en Harlem había una. Elegimos esa porque nuestra idea ese día era ir a una misa góspel. A lo tonto, eran más de las 10.00 horas cuando conseguimos dejar el coche.

Misa góspel en Nueva York

Para presenciar una misa góspel en Harlem, el barrio afroamericano por excelencia de Nueva York, hay varias opciones. Las suelen ser a las 11.00 horas los domingos (aunque también hay los miércoles por la tarde). Es un oficio religioso muy vistoso y en los últimos años se ha ido convirtiendo en una actividad muy turística. Prácticamente en cualquier iglesia de Harlem se puede disfrutar de las espectáculares voces de los coros de gospel, aunque al no ser algo realmente pensado para el turista, no en todas partes dejan entrar a curiosos. Nosotros llevábamos anotadas estas iglesias en donde dicen que es posible:

    • Bethel Gospel Assembly, 2 E 120th St
    • Abyssinian Church. 132 Odell Clark Place (138th St.)
    • Antioch Baptist Church. Calle 125, nº 515.
    • Metropolitan Baptist Church. 151 W, 128 th Street

Pero como el día lo teníamos torcido, pues iba a ser complicado que llegáramos a tiempo de entrar en alguna de ellas. Y es que habíamos leído que en determinadas iglesias solo dejan pasar al inicio de la misa y que luego invitan al turista a marcharse. También que se formaban grandes colas y era preciso estar con cierta antelación para poder pasar. Con la tontería de dejar el coche, se nos había hecho demasiado tarde. Eran ya las 11.00 horas y aún estábamos lejos de la Abyssinian Church que era la que más cerca nos quedaba.

Así que al pasar por una pequeñita iglesia baptista decidimos entrar. Más bien parecía un simple local pero supimos que era iglesia por el cartel en la puerta. La iglesia estaba casi vacía, a excepción de cuatro mujeres mayores y algunos niños. Con un poco de vergüenza y otro de miedo por estar metiendo la pata, preguntamos si había misa y si podíamos quedarnos. Al vernos con la bebé y ser los únicos turistas fueron superamables con nosotros y nos invitaron a sentarnos dentro. Nosotros nos pusimos al fondo, pensando que se iría llenado la iglesia y porque no queríamos estorbar. Pero el tiempo iba pasando y solo llegaron algunas mujeres más.

Pequeña iglesia en la que entramos

Pequeña iglesia en la que entramos

Al cabo de un rato, entró el que era el sacerdote, nos saludó con cariño y subió a su tribuna para disponerse a oficiar la ceremonia. Los pocos feligreses que había junto con el sacerdote empezaron a cantar todos extasiados. Era un espectáculo fascinante que nos tenía hipnotizados, aunque no fue como habíamos imaginado. No había un coro como tal, no lucían las típicas túnicas que habíamos vistos en algunas películas… Pero todos cantaban muy bien y con muchas ganas y pasión. Aunque nadie nos había prohibido sacar fotos, tras habernos recibido con tanta amabilidad y cariño, no quisimos tomar ninguna imagen porque sentíamos que si lo hacíamos podíamos incomodarles o faltarles el respeto.

Después de una hora de misa y sin haber acabado decidimos irnos. Y es que eran ya las 12.30 horas y nos quedaba poco tiempo antes de dejar la Gran Manzana. A las 15.00 horas teníamos que estar ya en nuestro hotel porque habíamos quedado con un conductor de la empresa de Gerardo (con la que hicimos las excursiones de Alto y Bajo Manhattan y Contrastes) a esa hora para ir al aeropuerto. Cuando vieron que nos íbamos, pararon la misa para despedirnos y nos agradecieron haber pasado ese rato con ellos. ¡Qué majos!

Al salir de la pequeña iglesia buscamos el Sylvias’, uno de los restaurantes que había leído que recomendaban para tomar el brunch en Harlem. Aunque suele haber grandes colas, cuando llegamos nostros tuvimos suerte y solo había un par de personas esperando. Mientras que aguardábamos a que fuera nuestro turno, se fue formando una gran cola. Tras esperar casi media hora, entramos a comer. Nos pedimos un plato típico: pollo frito con gofre. La comida suele estar amenizada con una pequeña banda que toca y canta, pero justo al sentarnos, hicieron un parón y comimos sin música de orquesta de fondo. Tras la comida, ya no nos quedaba tiempo para dar una vuelta por Harlem, por lo que volvimos al hotel.

Sylvia's

Sylvia’s

La última anécdota del viaje la protagonizaríamos al montar en el avión. Antes de salir de viaje habíamos solicitado tanta a la ida como a la vuelta tener cuna para Iris. Nuestro billete era con Air Europa y al ir volábamos directamente con esta compañía y nos pusieron la cuna. La vuelta la hacíamos con Delta en vuelo compartido. Al facturar le recordamos a la azafata del mostrador que habíamos solicitado cuna y no nos hizo el menor caso pero no le dimos importancia porque ya era algo que habíamos pedido antes de volar y que teníamos confirmado.

Sin embargo, al montar en el avión vimos que nos habían puesto en la última fila y sin cuna. Se lo dijimos a un azafato y nos comentó que teníamos que haber pedido la cuna en el mostrador. Le contamos que lo habíamos hecho y nos dijo que vería qué había pasado y qué se podía hacer, pero creía que había pocas opciones porque el avión iba a estar lleno.

Finalmente nos dio la opción de cambiar uno de los asientos a otro junto a una pared en la que se podía situar la cuna. Tendríamos que volar separados, aunque le preguntarían a la pareja que se sentaba en los asientos con posibilidad de cuna si querían cambiarse a donde nos sentábamos nosotros. Pero la parejita, que eran españoles y jóvenes, no dieron su brazo a torcer. No entiendo por qué no les obligaron a moverse como nos pasó a nosotros cuando volamos a Bangkok. El caso es que si queríamos cuna, tendríamos que viajar separados Gus y yo.

Nueva York desde el puente de Manhattan

Nueva York desde el puente de Manhattan

Con todo el jaleo y nuestro cabreo monumental por la situación, Iris empezó a llorar y no se calmaba con nada. Yo me senté junto a la cuna y la parejita feliz (era una fila con tres asientos) al lado. La gente nos miraba con cara de estar pensando: ¿Habrá que aguantar los lloros del bebé durante 8 horas hasta llegar a Madrid? Tras intentos infructuosos, una vez que despegamos, Iris dejó de llorar. Se quedó dormida y no se despertó hasta que llegamos a Madrid y poníamos así fin a nuestro viaje por la Costa Este de Estados Unidos.

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