Ya poco iba quedando por conocer de Estambul a esas alturas de viaje. Tan solo nos quedaba ese día y el siguiente para disfrutar de esta maravillosa ciudad. La mañana la dedicaríamos a visitar el Palacio de Dolmabahçe y la tarde a compras y la noche, a acercarnos al barrio de Ortaköy.

DÍA 5: Sábado

Para llegar hasta el Palacio de Dolmabahçe: en tranvía hasta la parada de Kabatas o bien en autobús que se cogen desde Eminönü. Está en la orilla europea del Bósforo y abre de martes a domingo, creo recordar que hasta las 17.00 horas. La entrada cuesta unos diez euros (en 2006). Si quieres hacer fotos en su interior tienes que pagar entrada para la cámara, pero aun así no podrás hacer fotos con flash. Si no recuerdo mal, me parece que las cámaras de vídeo no estaban permitidas.

Nosotros dejamos la cámara en la entrada en unas consignas que hay para depositarlas porque no la cámara que tenía en aquel momento era una compacta que cuando las fotos las hacía sin flash, con mi «fabuloso» pulso, salían movidas. La visita es guiada pero no a todas horas se hace en español. Nosotros fuimos a primera hora y tuvimos suerte de que se formó grupo en español.

Este palacio, de mármol blanco, es de estilo europeo, por lo que recuerda un poco al Palacio de Versalles en París o al Palacio Real de Aranjuez con sus salones lujosamente decorados y sus lámparas de araña. Se construyó a mediados del siglo XIX por el sultán Abdulmecit I que no quería vivir en Topkapi por la humedad que había en este otro palacio. 

Palacio de Dolmabahçe

Palacio de Dolmabahçe

En Dolmabahçe se pueden distinguir tres partes: una para los hombres, otra para las mujeres (el harém) y otra la vida oficial. Tiene 248 habitaciones y 6 hammanes. Con la llegada de la república, con Atatürk, el Palacio pasó a ser su residencia de verano. A su muerte, se convirtió en el museo que es hoy en día. Como curiosidad, a la entrada hay dos guardias que están tan quietos que parece que son muñecos en lugar de personas. Junto al palacio está la mezquita de Dolmabahçe que es de estilo barroco y neoclásico.

Con la visita a este palacio, se nos fue toda la mañana. De allí nos fuimos a Taksim y a Istiklal Caddesi. Cogimos el funicular en Kabatas hasta Taksim. En uno de los muchos restaurantes que hay en Istiklal comimos unos kebaks. De postre, decidimos probar unos dulces que nos llamaron la atención de un escaparate de una pastelería. Eran los baklava, dulces típicos turcos hechos con hojaldre, miel y frutos secos como nueces, almendras o pistachos o incluso con chocolate… ¡¡¡Todo un descubrimiento!!! ¡Qué tarde probamos esas delicias!

Tras unas compras y en nuestro afán por gastar unas cuantas liras más, decidimos hace una última visita al Gran Bazar para despedirnos. Tan solo nos quedaba el domingo antes de volver y no tendríamos oportunidad de ir.

Istiklal Caddesi

Istiklal Caddesi

Para cenar, había leido que Ortaköy era un barrio muy animado al que van los jóvenes de Estambul. Es uno de los barrios más alejados de Sultanhamet e incluso de la zona de Taksim, otra de las zonas de salida nocturnas. En sus calles, además, suele haber puestecillos con artesanías, pañuelos, bisutería, souvenirs. En principio se supone que el mercadillo de Ortaköy se celebra los domingos por la mañana, pero aquel sábado por la noche también había puestos… Para llegar hasta allí, lo mejor es coger un autobús desde Eminönü, si no lo han cambiado era el 28T.

Este barrio contrasta también con el resto de Estambul. Junto con Istiklal Caddesi es una de las zonas más europeas. Es popular también por sus famosas patatas kumpir, unas patatas asadas que te las rellenan sobre la marcha con lo que le pidas. Hay numerosos puestos donde poder degustar esta deliciosa patata. ¡Lástima no haberla descubierto antes!

Tras cenar, decidimos hacer un minicrucero nocturno que salía desde el mismo Ortaköy. La pena fue que no pudimos disfrutarlo mucho porque para ese mismo día empezamos con resfriado y teníamos fiebre y es que el tiempo había empezado a cambiar y refrescaba. No recuerdo el precio del crucero, lo siento 🙁  Al estar así pachuchos, la verdad es que apenas hicimos fotos del barrio… De todos modos, teníamos intención de volver a ir a la mañana siguiente.

Mezquita de Ortaköy

Mezquita de Ortaköy

Como para volver al hotel ya era tarde para coger autobús, cogimos un taxi, el primero y único que pillamos allí. Era un taxi que disponía de taxímetro. Una cosa curiosa que no he contado sobre los taxistas es que cuando ven a turistas les empiezan a pitar para llamar su atención. 

Por cierto, hay que tener un ojo tremendo cuando se sale fuera de viaje porque a la mínima te la intentan colar. Deben pensar que turista es sinónimo de tonto. La carrera costó unas 7 liras turcas. Le dimos un billete de 20 liras y el taxista pretendía darnos la vuelta de 10 liras nada más. Después de una pequeña discusión, conseguimos que nos diera la vuelta correcta. Ya habíamos oído hablar de la picaresca de los taxistas y por eso, hasta ese momento no habíamos cogido ningún taxi por temor a algún timo, pero aquella noche no nos quedó más remedio. ¡Menos mal que conseguimos que no nos engañara!

Pin It on Pinterest