En los viajes, muchas veces suceden cosas que, bien en el momento, bien con el paso del tiempo, uno las recuerda como causante de echarse unas buenas risas. Hemos guardado una recopilación de anécdotas graciosas (por lo menos para nosotros) que nos han sucedido en nuestros viajes.


1.El cambio de divisa

La primera anécdota que se me viene a la mente tuvo lugar en 2011, en el viaje al sudeste asiático, concretamente tuvo lugar en Hanoi, Vietnam. Cuando pagábamos en los sitios siempre estábamos muy pendientes del dinero, de las vueltas, para no ser tangados. Sobre todo porque era la primera vez que entramos en contacto con aquella cultura. Además, ya se sabe que los turistas solemos ser una presa fácil a los que engañar.

Pues bien, en Hanoi, cogimos un taxi del aeropuerto a nuestro hotel. No recuerdo la cantidad que nos cobró. Lo que sí recuerdo es que cuando nos devolvió las vueltas, faltaban 5.000 dongs. Un servidor hizo el cambio de moneda a euros y no le dio mayor importancia. Pero claro, cuando Mari Carmen se percató de que faltaban 5.000 dong, y sin conocer aún la conversión de dicha cantidad, le dijo al taxista que el cambio no era correcto.

Ho-Chi-Minh

El taxista frunció el ceño, puso cara de perro y comenzó a mirar el dinero que tenía en el bolsillo para devolvernos todo. Como no tenía los 5.000, al final nos devolvió 10.000, que era el billete más pequeño con el que contaba.  Cuando Mari Carmen me contó lo que había pasado (yo estaba liado descargando las maletas y en ese momento no me percaté de la discusión) le dije que hiciera la conversión, para saber cuánto le estaba reclamando. Se había estado peleando por 0,17 € al cambio. Entonces se percató de que había sido un poco mezquino pedirle las vueltas, pero claro esa cantidad «tenía tantos ceros» que parecía era mayor la cifra que no quería devolver el buen hombre. Yo, para disculparla, diré que esto sucedió el primer día que pisamos Vietnam.

2. Comunicarse en inglés

La siguiente que voy a contar tuvo lugar en Camboya, concretamente en Siem Reap. Fuimos a cenar a un buffet camboyano. Cogimos unas alitas de pollo crudas y se las dimos al cocinero para que nos las hiciera a la plancha. Por los gestos que nos hizo nos vino a decir que nos sentáramos, que iba a tardar un poco (digo «por los gestos» porque el cocinero apenas hablaba inglés).

Siemp-Reap

Nos sentamos y al cabo de un rato se levantó Mari Carmen a por las alitas; pero aún no estaban y vino con las manos vacías. Al cabo de otro rato se volvió a levantar, pero vino igual. Le dijeron que esperase, que aún no estaban. Nos mosqueamos, porque había gente que había dejado su comida después que nosotros y ya la habían recogido. Fue una tercera vez e igual.

He de decir que fue Mari Carmen porque es quien controla de inglés. Pero me dice: «ya no voy más, me da vergüenza. Ve tú». Así hago. La mala hostia que me entró hizo que se me olvidasen mis escasos conocimientos de inglés. En aquel momento yo no sabía cómo se referiría un británico de Oxford a las alitas de pollo, si como «chicken wings», «chicken’s wings», «chicken little wings»…o como diablos se diga; pero yo fui con tal cabreo que dije al cocinero «I want two chickens», señalando con el dedo las alitas, para que no hubiera dudas.

El cocinero, que hablaba menos que yo inglés (y ya es decir), llamó a un jefecillo que estaba por allí y que sabía idiomas y me dijo en inglés (o intuí que me decía) que yo no podía ir a la parrilla y coger lo que quisiera; primero tenía que haber cogido y habérselo dado al cocinero.

Yo estaba tan ofuscado que no sabía expresar en inglés lo que le quería decir. Así que señalo con mis manos las alitas y le dije: «so…yes or no?». Al momento me dijo el hombre: «OK». Y señaló con sus manos las alitas (como queriendo decir que me llevara ya las p…. alitas de una vez). Volví con las alitas. Estaba tan encendido que dije a Mari Carmen: «Mucho saber idiomas, pero ¡se han reído en tu cara tres veces! Mira yo: sin tener ni p… idea de inglés aquí estoy, con las alitas dichosas!».

3. Más dificultades de comuniación

Otro suceso curioso tuvo lugar en Tailandia, concretamente en Chang mai. Un taxista nos llevó a ver un templo y el Palacio Real. El taxista no hablaba absolutamente nada de inglés (menos que el cocinero camboyano y ya es decir, aunque en ese momento no éramos conscientes de su limitación lingüística). Entonces, cada vez que queríamos decirle algo, llamaba a su jefa por teléfono y ella hablaba con nosotros (o mejor dicho, con Mari Carmen). Durante el trayecto sentí una curiosidad por una cosa absurda: saber en qué estación meteorológica estábamos (fue en agosto). Se lo preguntó Mari Carmen en inglés. El taxista dijo asintiendo con la cabeza: «yes, yes». En ese momento dije a Mari Carmen: «nada, me voy a quedar con la duda», y nos reímos.

Chiang-Mai

Pero no; el taxista cogió el teléfono y llamó a su jefa, y la pasó con nosotros para que se lo preguntáramos a ella. A Mari Carmen le dio tanta vergüenza que la hubiera molestado para esa tontería, que no se atrevió a preguntarle por la estación meteorológica en la que nos encontramos. Así que salió muy bien del paso y le preguntó si el taxista nos podía dejar, al acabar la ruta, en el mercado del domingo en lugar de nuestro hotel.

4. Las propinas

El que voy a contar a continuación tuvo lugar antes que los anteriores, en 2009. Fue durante nuestra luna de miel, en Egipto. Esto fue, concretamente, en El Cairo. Fuimos a ver una sinagoga. Allí había como un guardian al que había que dar una propina para hacer fotos porque estaba prohíbido según ponía en los carteles que había. La verdad es que estábamos ya hartos de las propinas a todo el mundo, y como no había nadie más en la sinagoga, era difícil hacer las fotos de estrangis sin que se enterara, así que me dije: «le voy a dar una propina pequeña». Le di una libra egipcia (al cambio 0,10€).

Antes de ver lo que le había dado comenzó a asentir con la cabeza, dando muestras de su agradecimiento por mi «generosidad», pero cuando fuimos avanzando miré hacia atrás de reojo y vi cómo el hombre se quedó estupefacto mirando la moneda que le había dado. Como la libra egipcia se parece al euro en tamaño y forma, inicialmente debió confundirla… Pero cuando se dio cuenta de lo que era en realidad dijo algo en árabe muy cabreado, por lo que nos hicimos una idea de lo que podía estar diciendo aquel guardián.

5. Saber o no saber nadar

Otro hecho curioso tuvo lugar en la Bahía de Halong, en Vietnam. El barco se paró para que los que quisiéramos, nos bañáramos en aquellas aguas. Yo, que carezco de cierta pericia en esto de la natación, tengo por costumbre no bañarme donde no hago pie. Todos los que se tiraron al agua sabían nadar perfectamente, pero había una excepción: un grupo de indios, que  maravillados por aquellas vistas, se tiraron al mar con unos flotadores.

Halong

Hubo unos que se quedaron pegados al barco y no tuvieron mayor problema para subir, pero hubo dos que se alejaron un poco, y que, unido a la corriente que había, no eran capaces de llegar al barco. Cada vez se iban alejando más. Aquello era un poco surrealista. Por un lado estaban sus amigos arriba en el barco, partiéndose de risa de los que estaban en el agua y no podían volver. Los dos indios tenían cara de preocupación y de pasarlo mal.

Además, fueron a ayudarles dos chicas, que eran las que más cerca estaban, pero por su orgullo machista no quisieron que les ayudaran. Mientras tanto, ellos seguían «pataleando» en el agua y alejándose cada vez más, por la corriente, en lugar de acercarse. Al final se lanzaron al agua unos operarios del barco, y tras no poco esfuerzo, les acercaron lo justo para poder tirarles una cuerda y traerlos hacia el barco.

La verdad es que en aquel momento lo pasamos mal pensando en que tal vez a los pobres incautos les pasara algo, pero ahora recordándolo con el tiempo, nos saca una sonrisa semejante historia.

 ¿Qué cosas graciosas os han pasado a vosotros?

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